En el sótano, de Ulrich Seidl
En el sótano, de Ulrich Seidl, es un documental sobre los sótanos austríacos. Así de simple como suena la premisa, es la forma en que el documental representa, muestra o se aproxima a la realidad, y justamente por esto es que es genial: Seidl no busca elaborar grandes conclusiones, ni retratar particularmente a cada personaje o contar obsesivamente sus historias, ni tampoco maravillarnos plásticamente con planos (que podría haberlo hecho dados los hallazgos en estos sótanos).
Por el contrario, la forma en que se desarrolla el documental da la sensación de que Seidl puso la cámara en los sótanos, frente a cada personaje, y dejó que pasara el tiempo. Con esto no digo que la mirada del documentalista sea "objetiva" o "natural", ni que Seidl no haya intervenido en estos espacios. De hecho, coincido con la idea de que el solo hecho de poner una cámara ya transforma dicha realidad a representar, y el más mínimo cambio en su angulación o en el uso del lente, imprime una manera particular de ver a estos personajes y sus sótanos.
A lo que me refiero cuando digo que pareciera que Seidl puso la cámara y dejó que pasara el tiempo, es a que la forma en la que decidió hacer este documental (observacional) coincide con el tema a contar: los sótanos.
Seidl se propone ingresar en los sótanos de diferentes ciudadanos austríacos, y allí encuentra de todo: personas que tienen una segunda casa debajo de la primera, otros que entrenan tiro con imágenes de terroristas como blanco, gente que practica BDSM e incluso un museo nazi. Todo esto está ahí, debajo de cada hogar; escondido, pero a la vez fácilmente accesible. Tan parte de la ciudad como el subte o un estacionamiento, y sin embargo invisible ante los ojos de cualquier persona que no sea invitada a estos sótanos.
A la vez, lo que está en los sótanos no queda encapsulado allí: en este sentido, el sótano es una gran expresión de lo oculto, del inconsciente. Pero, al igual que el inconsciente, el dueño lo lleva consigo a donde vaya, aunque no lo saque a la luz. Es decir que, a modo de ejemplo, el hombre que tiene un museo nazi en su sótano, es nazi también en el colectivo, en el trabajo y a la hora de votar, aunque en otros espacios no hable de nazismo.
En este sentido es que me interesa la decisión de Seidl en cuanto a la cámara: los planos son simples, a la altura de los personajes, de frente, los hace pararse y mirar a cámara, o hacer alguna acción simple en el espacio. Y de esta manera, es casi como si el documentalista nos estuviera invitando a mirar: no hace grandes esfuerzos para mostrarnos qué hay debajo, solo ingresa y pone la cámara. De la misma forma, la mayor parte de los planos son fijos y sin angulaciones, como intentando imitar la mirada realista de un ser humano al ingresar a esos espacios.
Esta economía de recursos convierte al documental en una experiencia muy dura de atravesar (sobre todo llegando al final), en la cual, por lo menos a mi, la invitación a ver dejó de parecerme atractiva. ¡Pero Seidl ni siquiera estaba haciendo primeros planos o moviendo la cámara para mostrar las escenas más terribles! De hecho muchas son por fuera de cuadro. Y aún así se vuelven insoportables.
Es en esos momentos en que la decisión de cámara a lo largo del documental se vuelve hasta irónica. Pareciera que Seidl nos dice "todo está acá cerca, solo hace falta mirar". Y así, se convierte en un retrato interesante y duro sobre la sociedad austríaca, o al menos sobre un aspecto de ella.
Si bien el documental no fue placentero de ver, y por momentos inlcuso lo sentí tedioso, me siento contenta de haberlo visto luego de que Gabriel Valansi lo comentara en la teórica. Y sí tengo que destacar que en un momento solté una risa, con lo que me pareció una gran forma de aborar los prejuicios o estereotipos dentro del documental: a la hora de retratar jóvenes o adolescentes, Seidl muestra solo dos imágenes: un chico tocando la batería en un sótano adornado de posters de rock, y un grupo de adolescentes sentados en el piso, fumando y sin conversar. Ambas imágenes se intercalan luego de otras escenas muy fuertes del documental, como las del hombre nazi o las de las personas que practican BDSM. Este contraste me pareció muy cómico: hay un estereotipo del sótano como el lugar en que los adolescentes hacen algo relacionado con "lo prohibido", como puede ser drogarse, tener sexo, o cualquier actividad que no implique algo intelectual o "sano". Y, sin embargo, las imágenes de adolescentes en este caso son las más livianas del documental. Se los ve algo deprimidos o enojados, pero, ¿cómo no? Después de ver los otros sótanos, los de ellos son los que, por lo menos a mi, me hacen más sentido, y me permiten empatizar.

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